A veces no todo son versos y existe la prosa y al fin y al cabo estamos desmontando el mundo de la única forma que sabemos y
sin darnos cuenta estamos corriendo por ese montón de nubes pegadas a nuestros
pies que quieren simbolizar algo así como nuestros sueños rindiéndose ante
nuestras ilusiones, y a veces las nubes también se oscurecen. Se pueden llegar a
elevar tan alto que puede que llueva sobre nuestras cabezas.
Y después llegamos
a ese momento tan odiado en el que nos damos cuenta que desmontar el mundo no
sirve absolutamente de nada porque ya hubo alguien anterior a nosotros que hizo
lo mismo, peor y triunfó.
Gastamos los siglos que no tenemos en comernos la
cabeza de esa forma tan sobrehumana que hace que
dejemos tantas neuronas por el
camino que a veces me es tan fácil contar las que nos quedan que no debería de
sentirme culpable por todas las cosas que no dejo por el camino.
Y tenemos
derecho a quejarnos, aunque constantemente quieran robárnoslo. Porque la vida
es eso, algo que no está hecho a nuestra medida y tenemos que hacer todo lo
posible por doblegarnos y doblegarla y hacer de ella esos guantes que encajan perfectamente
en nuestras mano.
Y de repente cuando nos damos cuenta de que es justo el
momento de encajar, seguramente aparecerá una tormenta torrencial que mojara
todos nuestros intentos de arreglarnos la vida y afortunadamente recuerdas que
tienes unos cuantos rayos de sol en el último cajón del armario.
¿Y tú, dónde
los guardas?
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