El agua se corría por su pelo.
La espuma se deslizaba,
suave,
por sus dedos.
De su mano a mis comisuras.
Y después,
la guerra.
Levantaba una a una
todas las sonrisas
que se pueden dar a luz
en una sola noche.
Hacía de mi, aquella
despreocupada
y risueña niña
que colgaba los sueños
de sus pestañas.
Después me habló de algo sin sentido,
de esas cosas
que solo su cabeza sabe disparar,
para irse con Morfeo
amarrandose a mis caderas,
como si fuera una cárcel
de cien cadenas,
sin interés alguno en liberarse.
Y minutos más tarde
el mundo se paró.
Le ví dormir
y todo lo que eso conlleva.
Y a veces,
ajena a nuestra realidad
me suelo preguntar,
si es cosciente
de su brillo entre las palabras,
y decaigo
y escribo.
Por si algún día
alguien entiende
que significa eso de
amar con un bolígrafo.