He volado por cielos más altos que sus
ojos
y sucumbo a sus espaldas
en cada intento de frenarme los labios
hipotecándome la cordura en sus huecos
infinitos.
Ha caminado por senderos más amplios que
mis gestos
y sucumbe, despacio,
a mis caderas
en cada intento de frenarse las manos
hipotecándose el alma en mis labios.
Le ha ganado la querella a mis besos
y no puedo dejar de tatarear la sintonía
de nuestra vida
porque ha coloreado de verde
todos los grises apagados.
Probablemente no sea consciente de su
belleza
pasada las dos de la madrugada
un sábado noche, a la orilla de Morfeo.
He gastado los segundos que no tengo
en rozarle las entrañas con las yemas de
los dedos
y tras romper los esquemas
que suave nos componen,
he llegado a la conclusión que no existe
más paraíso
que sus ojos, abiertos,
de placer.
He llamado más de mil veces a la suerte
por aquello de agradecerle sus pies en mi
camino
y he roto todos los prejuicios
que se apoyaban en mi ventana
con el único objetivo
de crearnos algo indestructible,
versificable.
Me he drogado de su risa
y me he llegado a enamorar del sonido de
su voz.
Puede que quizás no haya bajado Rusia a
sus pies
pero hemos derramado tantas pinceladas
sobre lienzos blancos
que tenemos la mejor obra de arte.