Arrastras cada aliento por las veinte baldosas que sostienen
tu cama
y te dejas caer despacio por todos esos sentidos que te
llevan a mil cosas
y solo una es capaz de devolverte la vida, que seguramente
has perdido.
Pasas de añorar todo lo que tenias a suplicar que jamás
vuelvan las buenas palabras por un miedo atroz a no saber que hacer con ellas,
que el mar me ha bañado ya tantas veces las heridas que la
sal es parte fija de ella.
Y al final acaba escociéndome el alma y no las llagas
porque todo lo que mas hiere nunca se encuentra a la vista,
y tú, dejaste de verme el alma y pasaste a tocarme los
instintos.
Con tal descaro que no supe reaccionar ante todos aquellos
destellos de ausencias
que se preguntaban constantemente porqué te quedas si vas a
desaparecer
y tras la tormenta encontramos el peor paradigma de
contradicción.
¿Pero sabes qué?
Yo seguía sintigo estando contigo.
Hasta que las nubes se juntaron en cuatro bandazos desesperados
corriendo tras el Sol con el único propósito de desaparecer
y entonces no tuve mas remedio que no querer caminar por
ellas,
por las nubes, digo, por tus pestañas hace tiempo que lo
hago.
He decidido tantas veces que Troya no iba a arder
que he perdido la cuenta de cuantos barriles de agua he
empeñado al olvido
y otras tantas he perdido la cuenta de todos los incendios
neuronales
que se han llevado por delante cualquier intento de huida.
Creces, maduras o quizás mueres en el intento
dedicas más de mil palabras a lo que se cuece dentro
y acabas entiendo que el fuego solo lo apagan los versos.
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