Vivimos un amor condenado
desde el día en que hipotequé
mis ojos en tus labios.
He andando buscando respuestas,
desesperadas,
a los nervios acorralados
en el fondo de mi estomago.
He saboreado el pavor del futuro
y he conocido de primera mano
el miedo que producen
tus planes,
a ras de mis dudas.
Una lluvia de agua pasada
se ha volcado sobre mis instintos
y he seguido al corazón,
por el camino equivocado.
A veces palpito del recuerdo
de escribir cosas tristes
y sentir que han pasado.
Porque al fin y al cabo
son los versos
los que me hacen preso
de todo aquello que aún no ha ocurrido
en tus sueños.
Y soñamos para sentirnos vivos.
Y vivimos porque soñamos.
Mientras que en algún punto del sueño
nos volvemos cobardes
y huimos,
desesperadamente,
de un final feliz.
Porque la felicidad nos aterra
y aún así la buscamos
en los intentos fallidos
de juntarnos las piezas que nos faltan
sin saber que quizás
fuéramos el puzzle equivocado.
Y en medio de este rompecabezas
se me van las ideas a tu espalda
y hablamos de otra hipoteca
por la que deben responder
tus besos.
Por los daños colaterales de tus sonrisas
sobre mi retina
pasada las dos de la madrugada.
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