¿Cuántos versos has decido robarme?
Y le basto la madrugada para mirar
directamente a los ojos,
al desastre.
Y querer revertirlo.
¿Cuántos días vas a dejarme la prosa
debajo de los zapatos
para que escriba sobre dos cordones,
desesperados,
por enseñarte a atar
las entrañas?
Acabé encontrándote en un banco,
riendote a más no poder
con mil historias en los bolsillos
y una maleta casi olvidada.
¿Cuánto tiempo voy a creer
en mis versos?
Y acabó -la poesía- mirándome a los ojos,
y entendí cómo atarme los cordones.
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