Corremos,
desesperados,
por los cables invisibles que van desde tu casa
a la mía.
Hace tiempo que gasto
las horas muertas,
y las vivas,
en reinventar maneras sutiles
de devolverte el brillo ocular
y hacer de nosotros
ese orgullo que antaño profesabas
sin miedo a que te callaran.
Me pregunto dónde estará la llave perdida
que abría el baúl de los recuerdos
en el que había de todo
menos fotos.
Son tantas las formas de guardar tu sonrisa,
que a veces me parece tan imposible
olvidarla,
y que puto remedio,
que me he acabado aprendiendo todas las notas musicales
que la componen.
A veces somos tormenta,
la mejor playa
o un mar en calma.
A veces somos aire,
no somos nada,
y los segundos rompen a silencios
las manijas del reloj.
Y somos materia,
somos todo.
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