Odio los domingos
que se me escapan de las manos
si no te siento,
despacio, entre mis huecos.
Deberíais saber que es verle
andar por las cuerdas
con ese miedo a caerse
que le hace sublime
e inmortal,
ante mis ojos,
rendidos a ese milagro
de verle danzar.
Digo que deberíais
porque aún no conozco
paisaje más bonito que su espalda,
desnuda,
volteada ante mis ojos.
Tiene esas caderas desbocadas
sobre mis principios
que se replantean todos los valores
si se paran,
tranquilos, sus ojos,
sobre mis pupilas.
Le he visto hacerle competencia
a las orillas del Sur
y he llegado a la conclusión
de que me quemaría las alas
por llevarle al Sol.
Hace veintiún versos
que perdí la cordura
y busco la esperanza
de encontrarla entre sus labios.
Tiene esa habilidad oculta
de versificar mis pensamientos
y creo que desconoce su nombre
en más de seis canciones.
Recuerdo verle saltar escalones
con tanta facilidad
que cualquier idea
era la mejor del mundo a su lado.
He visto,
como poco a poco,
sucumbían sus ojos al sueño
y todo aquello que conlleva
dormir a su lado.
Empezamos a escribir
el poema más largo del mundo
y decidimos llovernos,
para mojarnos de la mejor forma
que sabíamos.
Y joder si lo conseguimos.
Reconozco que he saltado
por todos los verdes
intensos y apagados,
que componen sus ojos
y todavía sigo rendida
a ese milagro,
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